El espectador melancólico
Hay un tipo de hincha de fútbol o, mejor dicho, una clase de visualizador de partidos que presenta una tipología muy alejada del espectador común, ese que mira a la pantalla, insulta al árbitro, exige penalties, clama expulsiones y se limita a celebrar los goles de su equipo con un grito, un salto y, dependiendo de su carácter y grado de ebriedad, con encendidos abrazos a sus compañeros de barra, sean estos desconocidos, amigos o amantes.
Hoy vamos a hablar del espectador de fútbol social, también conocido como espectador de selecciones ajenas (FTW, en sus siglas en ingles: foreign teams watcher).
Le gusta ver partidos de selecciones ajenas rodeado de gente natural de estos países. Siempre toma partido por uno de ellos, ya sea por razones biográficas (haber vivido en Londres, por ejemplo) o vagamente estéticas y emocionales difíciles de analizar (las geografías personales son inescrutables).
Al espectador de selecciones ajenas le incomoda la pasividad y, como tal, prefiere entablar conversaciones con hinchas desconocidos, antes que perder el tiempo mirando a la pantalla. En ocasiones, el espectador de selecciones ajenas es capaz de comunicarse con los hinchas de la selección elegida en el idioma de éstos (inglés con ingleses, español con mexicano). No siempre es posible, por supuesto, por culpa de selecciones como Corea del Norte o Eslovaquia.
En un primer momento, el espectador de selecciones ajenas recurre a la técnica de peloteo y confraternización de naciones. Pinta en mano les manifiesta su deseo de que ganen el partido y les explica las razones de su amor. Pasado el recelo inicial de los hinchas extranjeros, el espectador de selecciones ajenas procede a inflamar los ánimos patrióticos con cánticos nacionales que sumen en el desconcierto a los hinchas extranjeros, que no terminan de comprender ese arrebato y sospechan, temen que todo pueda tratarse de una amarga broma.
Según las cosas se van torciendo (porque el espectador de partidos ajenos siempre elige al equipo perdedor, aunque no de forma voluntaria), nuestro protagonista no puede evitar soltar un par de dardos, en forma de apreciaciones negativas sobre las cualidades balompédicas de los jugadores de la selección. Los hinchas extranjeros, sumidos en el dolor, no entienden estos ataques y suelen sufrir en silencio el cambio de personalidad de su supuesto amigo.
El visualizador de selecciones ajenas juega con fuego durante un rato y cuando los hinchas meditan la posibilidad de ofrecerle una paliza, vuelve a cambiar de orientación, cae a banda, controla con el pecho y les desarma con un entrañable: it´s a pitty, I really wanted England to win. Emocionados, los ingleses responden con un juramento de fidelidad a España: “now we all suport Spain”. En esta fase, ocasionalmente pueden producirse abrazos y cálidas palmadas en la espalda.
Nada pone más triste al espectador de selecciones ajenas que ver a su propia selección. En esos casos, cae en un estado de profunda melancolía y se limita a observar en silencio la pantalla. Cuando su equipo marca, lo celebra tímidamente, más por imitación social, que por convencimiento. En esos momentos, cuando Villa marca un gol de tacón por la escuadra, el espectador de partidos ajenos suspira y en ese suspiro late la nostalgia cósmica e inaprensible de un pub lleno de ingleses humillados por Alemania o una ranchera a duo agarrado un mexicano y a una bandera tricolor, con aliento latiendo a chapulín colorado, caña mahou y lucky strike. El glorioso tridente.
blogatus 23:16 el 29 junio, 2010 Permalink |
¡Genial Ambrosius! Creo que en alguna ocasión he llegado a sentir esa sensación que describes en tu post. Y a eso, en mi tierra, le llaman ESPLENDOR EMPÁTICO
George Best 13:07 el 30 junio, 2010 Permalink |
Mundial 98. Semifinales. Brasil se enfrenta a la última Holanda brillante que recuerdo después de eliminar a Argentina con un golazo in extremis del gran Bergkamp. Yo estaba aquel día en un camping de un pueblo perdido de la Alpujarra. En el bar del camping, además de mis amigos y yo, una joven pareja holandesa. Él ataviado de camiseta oranje, ambos ilusionados con su selección. Brasil se adelanta. Nervios entre la pareja holandesa. Kluivert empata con el tiempo casi cumplido. Saltos, gritos, miradas de complicidad, palmadas, choques de manos (demasiado tímidos, ellos y nosotros, para abrazarnos). Prórroga. Penaltis. Taffarel adivina los lanzamientos de Cocu y Ronald de Boer. Fin del sueño. Creo que yo me quedé más destrozado que mis nuevos amigos holandeses.
ambrosius 17:08 el 30 junio, 2010 Permalink |
Belfast boy, sin duda cumples co los requisitos de espectador de partidos ajenos, si bien tu comportamiento ante Holanda obedece a razones de puro placer estético, a diferencia del impulso kamikaze y punky del señor blogatus, cuyo objetivo último es el la propagación del caos y la incertidumbre.
blogatus 22:53 el 30 junio, 2010 Permalink
Reconozco que exageré un poco cuando perjuré que jugué como delantero centro en el Cruz Azul. Pero todo lo demás era cierto. Incluso aquello de que tengo tatuado el retrato de Cuauhtémoc Blanco en la nalga derecha.
nayra 20:02 el 30 junio, 2010 Permalink |
blogatus, creo que tú eres de esos que empatiza, cantando rancheras para animar a los mejicanos que intentan ligar con rubias italianas
blogatus 23:10 el 30 junio, 2010 Permalink |
¡Hola Nayra! Bienvenida. Soy tan empático que no me hubiera importado estar en la piel del mexicano.