Fussball bei gott! Recuerdo y añoranza del bigote

Graeme Souness. Beasty Boy

 
Odio eterno al fútbol moderno. Un lema al que sin duda sumarse, pero ¿no deberíamos acaso establecer primero parámetros que nos ayudasen a definir en que consiste esa modernidad que execramos desde esta tribuna?. Ustedes, en su inocencia, apuntarán sin duda algunos aspectos que definen esta degeneración que observamos hoy en día: las sociedades anónimas deportivas, la excesiva dependencia de lo mediático, el deporte entendido como ejercicio económico… Lectores eternos: si están haciendo esto, siento decirles que no hacen más que repetir los mantras aprendidos en la garbancera prensa deportiva. Todos estos rasgos que ustedes creen propios de la llamada “liga de las estrellas” han existido desde siempre, así que no se lleven a engaño. Tal vez no haya que buscar a los culpables de esta degradación entre los nuevos agentes que participan del negocio del fútbol, sino en la ausencia de valores que han definido desde siempre nuestra concepción del fútbol (¡qué coño!… y de la vida). No les hablaré aquí del espíritu de sacrificio o de la concepción comunitaria del hecho deportivo, sino de algo que ha desaparecido de los terrenos de juego y que supone una metáfora de todo lo anterior: el bigote.
 
 

La promoción del 90 antes del baile de graduación

 

He repasado la mayoría de las fotos oficiales de las plantillas de primera división y no he sido capaz de encontrar ningún apéndice piloso adornando el labio superior de nuestros futbolistas (exceptuando el bigotito soul boy del ya ex-atlético Cleber Santana, que Dios tenga en su gloria…). ¿Está su ausencia relacionada con la más que notoria falta de hombría y virilidad que observamos en los jugadores modernos?. ¿Se imaginan acaso a un Jesús Navas luciendo un mostacho prusiano o a un Andresito Iniesta con un bigote preconstitucional? Tal vez no tenga nada que ver, pero no deja de ser casualidad…¿o no?. Ya no campea por los estadios el gallardo Juan Carlos Arteche, el varonil vascongado Juan Antonio Larrañaga o Carmelo Navarro, el Beckenbauer de la Bahía. Quien lea estos nombres podría asociar -erróneamente- el bigote a una mentalidad más bien primitiva, con cierta tendencia al uso injustificado de la violencia. Pero, ciertamente, esta identificación, válida para la Guardia Civil, no lo es para todos los futbolistas. Y es que a pesar de que han existido hirsutos defensas de pelo en pecho que hicieron del dolor ajeno su insignia, también han existido fantasistas bigotudos como los casos de los teutones Bernd Schuster y Rudi Voëller o los británicos Graeme Souness o Ian Rush. Incluso en algunas ocasiones el bigote no sólo ha servido para distinguir a su portador como un estandarte, sino para identificar a todo un colectivo, como ocurrió con el excelso Milán de Gullit&Rijkaard, la narcoselección colombiana de los noventa o el aguerrido “Racing de los bigotes” de los años setenta que marcó la infancia y el recuerdo de Miguel Ángel Revilla.

 Sin embargo hoy el bigote ha quedado relegado a los banquillos y a las cabinas de comentaristas deportivos filofascistas como algo perteneciente a pasado, y aunque siempre nos quedarán las selecciones de las antiguas repúblicas soviéticas o de la península arábiga, mucho nos tememos que las narices rubricadas no volverán a pasearse por las canchas del agro ibérico. Odio eterno al barbilampiño fútbol moderno.

 PD: Observo con sorpresa que este asunto ha sido objeto de atención por muchos otros en internet antes que por un servidor, sin embargo se equivocan aquellos que creen que fue el de Vicente Engonga el último bigote que asomó por los estadios españoles. ¿Quién sino el más grande entre los grandes? ¿Qué más necesita del Bosque?

Sobra cualquier comentario

 

 

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