¿hay un estadio de fútbol por aquí?

La magia de Odio Eterno radica en su radical indiferencia hacia la actualidad deportiva, en su desprecio al hecho noticioso, en su capacidad para zafarse de la encorsetada agenda informativa. Esta construcción teórica esconde, ya se habrán dado cuenta, una insoslayable tendencia a la pereza, gracias a la cual Odio eterno ha sido capaz de transitar por las semifinales de la champions, la Uefa del aleti y la copa del Sevilla, la convocatoria mundialista y la muerte anunciada de Pellegrini sin hacerse un solo rasguño. Un silencio absoluto que, lejos de ser censurable, hemos convertido en nuestra seña de identidad. Haz de la flaqueza tu virtud.

Dicho lo cual, Odio Eterno no ha tenido más remedio que afrontar el hecho de que la final de la Champions se jugaba este año en la ciudad en la que viven sus componentes. Sin que sirva de precedente, obligados por esta desafortunada circunstancia ambiental, Odio eterno se ha visto obligado a realizar un trabajo de campo. El sábado, el redactor Ambrosius se fue de paseo por los aledaños del Bernabeu, con una cámara de fotos y una libreta, y durante un rato jugó a ser periodista. El resultado, claramente desalentador, no hace sino confirmar las suspicacias de Odio Eterno hacia la Actualidad Informativa.

Las fotos las puede ver aquí

Lo que sigue es una sucesión de pies de fotos desarticulados:

Un viejo exquisitamente vestido toca la armónica rodeado de un grupo de policías nacionales. Suena el himno de España. Los alemanes se acercan y sonríen ante la estampa, dudo que reconozcan la melodía. Finaliza la canción. Aplausos. El anciano procede a interpretar el siguiente tema: el Cara al Sol, de Falange. Los policía ríen. “Ahí la has dao, ahí las dao“, afirma uno de ellos. Termino de disparar, saludo al anciano y me voy.

p.d: Viendo la foto en mi ordenador, me doy cuenta de lo insólito de la situación. ¿Cómo es posible que bajo un sol madrileño a 30 grados, el anciano luzca impoluto con chaqueta, traje y corbata, sin una sola gota de sudor? Lo mismo le ocurría, cuenta la leyenda, al dictador Trujillo. La resistencia del fascismo al calor, apuntes para una tesis de historia.

Sentadas sobre la barra de un andamio llaman la atención dos figuras femeninas. No tanto por ser mujeres, sino por su tranquilidad. No beben, no fuman, no gritan, solo miran a la gente a su alrededor. Imagino que son madre e hija. Primero las fotografío de espaldas y luego de frente. Mientras afino la cámara, la hija se da cuenta de que le estoy fotografiando. Se señala con el dedo y pregunta ¿es a mi?. Si, sí, es a ti, respondo. Ella posa, yo disparo. Educadamente le doy las gracias en inglés. Debería haberle dicho algo en alemán, me arrepiento luego.

Después de un rato caigo en la cuenta de que son croatas. La mitad de la camisa luce el estampado ajedrezado de la bandera croata; la otra mitad, el escudo del Bayern. Intento hacer una foto del grupo entero, que posa con una pancarta ante la cámara de algún amigo, hasta que me fijo en ese rostro que no se si es de santo o de criminal de guerra. De inocencia o de maldad. No es un gesto robado; quiero decir, esa expresión no es  el resultado de una captura al azar, sino que durante todo el tiempo que le estuve observando, el grueso croata de sonrisa anestesiada no cambió ni un instante de expresión.

p.d: un chico con la camiseta del Bayern me pide fuego. Por practicar idiomas, le pregunto: Kommst du aus München? No me comprende. Repito la pregunta, bastante contrariado. Pruebo en inglés. Por fin, parece comprender y, desafiando toda lógica, me responde con un dadaista: “No, but my mother is from Czech Republic“. Luego se golpea el pecho en señal de amistad y dice algo elogioso sobre Madrid. Huyo.

El hombre de la izquierda se debate entre la ligereza chic de su delgada bufanda y el espesor de la mancha de sudor en el sobaco. Se acaricia continuamente el pelo. Espera algo, espera a alguien. Así que puedo rodearle y probar una y otra vez en busca de la Postal Arquetipo del Pijo Milanés.

¿Dónde están los italianos?, le pregunto un tanto desconsolado a un policía nacional. “En la zona norte“, me responde, “por este lado solo entran los del Bayern“. Por estrechar lazos con mis fuentes, sigo avanzando por caminos trillados de ascensor: “¿Y qué, mucha reventa?“. Para que no piense que soy obvio, ensayo gesto sagaz y añado en tono confidencial ¿qué, tenéis agentes de incógnito para pillar a los vendedores?

Al rato le toca preguntar a él: ¿Eres periodista, vas a escribir para algún medio“.  “Si, soy periodista, pero esto es para mi“, contesto. Me mira con afecto, como se mira a los niños que dicen que quieren ser astronautas de mayores. Tal vez perdí una buena oportunidad para hacer publicidad del blog, e incluso de ganar un lector, pero identificarme delante de un policía como miembro de algo llamado Odio eterno no me pareció muy sensato.

Nada más salir del metro Bernabéu hay una gran puerta hinchable de Master Card, que los interistas llaman la Porta di Master Card, que dicho así, con ese acento, suena a ruinas romanas. Escucho reventas ofreciendo a gritos billeto de la finale. Oigo también a vendedores argentinos, veo a un grupo mixto de pongamos, rumanos?, españoles? e italianos?, farfullando con mucho dramatismo por el precio de dos entradas. La versión pasiva y civilizada la protagoniza un alemán que sostiene un cartel bilingüe, en alemán y en inglés, con la leyenda: necesito entrada. Poco antes he visto a un aficionado dando saltos de rabia en mitad de la calle, gritándole a un policía. Al mismo policía que luego me explicará la historia. Con matices, sutilezas y un deje compasivo. “Realmente no estaba haciendo reventa el pobre, sino que se ve que a última hora falló un amigo y él quiso vender esa entrada, pero no por sacar dinero. Y al final le han pillado y se queda sin la entrada que iba a vender y sin su propia entrada. Una pena”. Hubiese jurado que un miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado estaba cayendo en el relativismo moral.

Un chico con la camiseta del Barça se cruza con un grupo de interistas que empiezan a corear en exquisito catalán :”Remuntada”, “remuntada”. Estoy a punto de unirme al coro, pero como estoy de servicio, no puedo tomar partido. El culé sonríe irritado y acelera el paso.

Camino, Castellana abajo, hacia el metro de Nuevos Ministerios. Trabajo terminado. De repente un alemán para al señor que camina delante mio y sin atisbo de ironía, pregunta:

¿Perdón, hay un estadio de fútbol por aquí?

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