Oda eterna al desaliento

Ya se dijo aquí que Odio Eterno tiende a la pereza antes que a la actualidad. Y que este hecho, más allá de pura pereza, debería considerarse como toda una declaración de intenciones. Y no por falta de medios, que los tenemos (ayer, sin ir más lejos, a uno de los miembros de este blog le interrumpió Mario Kempes por teléfono mientras bebía una cerveza en un bar de Noviciado. No explico más, que fluya la duda y la elucubración; que crezca la leyenda y el mito y la maledicencia). Quien quiera actualidad que se vaya de aquí.

Esta previa sirve para explicar el siguiente artículo. Hace un par de meses le pedí a un amigo, Luigi De La Ossa, que escribiese una crónica sobre el partido de apertura del mundial de fútbol (México-Sudáfrica) desde el DF, ciudad en la que reside actualmente, dedicado a la fornicación (monógama) y a la fabricación de paellas. Ayer, infinitamente después de aquel partido, me envío un esbozo de un perfil de una previa de la crónica. Puro Odio Eterno.

“Racionalización del espacio. Sistemas de archivo y almacenaje. Roperos y cabinas. Roperos y cabinas. Decoración de oficinas”.
Son las 8.45 de la mañana. Aunque a un europeo le parezca una hora extraña para vibrar, en el corto trayecto desde mi casa hasta el café -me he sentado en la terraza de un café elegante de la calle río Lerma- he comprobado que los mexicanos anteponen la pasión a los usos horarios. He pasado al menos ante dos locales que estaban repletos hasta los topes. En la puerta, carteles de 3×2 en las cervezas desde las 7 de la mañana. Vaharadas de sudor, calor y alcohol surgían de sus puertas atestadas.
Sentado en el reposado ambiente de mi terraza escucho una estación de radio mexicana a través de los cascos. El locutor indica que el estadio se llama Soccer City (capacidad: 94.700 individuos), qué increíble falta de inventiva. Felipe Calderón, el Presidente de la FIFA y otros señores de sueldos estratosféricos estrechan las manos de la selección azteca. No conozco demasiado al equipo mexicano. Me pregunto por qué nunca la llaman selección zapoteca o mexica o maya. Ordeno un capuccino y un cruasán. A mi alrededor, mexicanos pálidos -güeritos- con pinta de no tener que justificar su ausencia en la oficina, copan las mesas y conversan animadamente.
Asombrado, escucho que el colaborador de la estación de radio es ni más ni menos que Hristo Stoichkov, aquel bronco zurdo que parecía un estibador corrupto de la serie The Wire. Hristo sentencia, como si estuviera enfadadísimo y justo antes de comenzar el partido: “Es, sin duda, el día más importante de sus vidas”. Mientras añado azúcar al café, me sorprendo de que el capitán mexicano se llame Gerardo Torrado. Es como si el capitán español se llamara “Santiago Sobadísimo”. Por las calles corretean los últimos oficinistas tardíos, con las mejillas pintadas con los colores “del tri”, en busca de un sitio en los bares.
[en el arco mediterráneo “torrado” significa “profundamente dormido”]
[Siguen anotaciones en las que se indica el tiempo de partido transcurrido]
Comienza el partido. Además de los gritos de la gente más inmediata, se escucha una especie de exhalación lejana, sumatorio de todos los rugidos de la ciudad.
1:59    Primera oportunidad importante. La gente desayuna enchiladas rojas, suizas, platos enormes de chilaquiles. Me siento profundamente europeo con mi cruasán. El árbitro es de Uzbekistán, sorprendentemente. Los expertos radiofónicos dicen que ha sido el mejor del año. Me pregunto cuántos federados sumará la Federación de Fútbol de Uzbekistán. Me imagino a este señor uzbeko diciéndole a su padre que quiere ser árbitro de fútbol. Me pregunto si los nombres uzbekos de los árbitros uzbekos serán tan espectaculares como los de los árbitros españoles.

Hristo Stoichkov realiza comentarios como si estuviera cabreadísimo. El portero mexicano se llama Conejo Pérez y va vestido de un blanco inmaculado. De lejos se parece al personaje de Alicia, de cerca parece un niño viejo en su primera comunión. Los comentaristas mexicanos se quejan de la dura defensa sudafricana. Me parece pronto para quejarse.
Y aquí me pudo el desaliento.
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