Roman & Ambrosius, sospechosos habituales

Roman es un dj ruso, seguidor del spartak de Moscú, que viaja con frecuencia a israel para pinchar en discotecas de Tel Aviv. Ambrosius es un oscuro editor sin oficio definido que pisa tierra santa por primera vez.

Ambrosius ha cometido tres errores, si bien uno de ellos no es del todo atribuible a su molicie, sino al destino. Los errores son: viajar solo, no haberse afeitado y portar un pasaporte roto, no exactamente roto, sino más bien despegado, por un lado la tapa, por otro las hojas.

La primera chica que lo recibe a la salida del avión, todavía en el finger, todavía caliente la despedida de los azafatos de Iberia, le invita a detenerse y a mostrar las credenciales. Le habla en español con acento argentino, es bajita, compacta, rubia, empollona, da un poco de miedo: ¿qué viniste a hacer a Israel? ¿viajas solo? ¿dónde te quedas? ¿por qué tienes el pasaporte roto? Con esto así igual entras, pero no creo que salgas. Veo en el pasaporte que has estado en Marruecos. ¿por qué?

Porque está al lado de España.

¿Y también viajaste solo e Marruecos?

No, esa vez fui con amigos, una amiga y un amigo, añado, algo ofendido por la insinuación de que soy un loser inadaptado.

Que disfrutes de tu estancia en Israel.

Control de pasaportes. Kipas, metralletas, empresarios andaluces, adolescentes bíblicos, familias cansadas. Se repiten las preguntas. ¿Viajas solo? ¿por qué? ¿por qué tienes el pasaporte roto? Le hago ver que no estaba roto cuando embarqué y que se rompió en manos de su colega argentina del finger, pero no capta los matices. Va directa al teléfono. Me apoyo en la barra y ensayo una mezcla de cara de pena y de cansancio, acompañado de sonrisa tímida, a ver si así,

pero así no,

y al rato viene un compañero que me llamar por mi nombre y me invita a tomar asiento en una sala de espera, junto con tres mujeres, ignoro su delito. Desaparece con mi pasaporte. Saco El País y lo abro escandalosamente por las páginas de deportes para que comprendan que soy un chico sencillo, frívolo, algo vulgar, intelectualmente incapaz para las conspiraciones políticas.

Al rato regresa, me vuelve a llamar por mi nombre y siento un placer culpable por haberme saltado el turno, como cuando mi médico de cabecera me cuela en el ambulatorio. Me señala un punto en un pasillo y vuelve a desaparecer, de nuevo con mi pasaporte, pero esta vez no estoy solo.

Estoy con Roman, el dj ruso del Spartak de moscú.

“Siempre es igual”, me informa.

Ronda de presentaciones. Russia, Spain, Spartak, Real Madrid. Le pregunto que dónde pincha en Tel Aviv y me dice que house y cosas de esas, y sin tiempo a repetir la pregunta me saca el Iphone y empieza a acariciar suavemente fotos del estadio del Spartak de Moscú. Juntamos levemente las cabezas. El mosad se derretirá con esta escena filo gay, razono.

Reaparece el hombre con nuestro dos pasaportes, sonríe y nos regala un cupón a entregar en caja. Vale por una entrada a Israel. Los caminos de Roman y Ambrosius se separan al llegar a la sala de recogidas de equipaje, que a las 5 de la madrugada palpita como un astillero abandonado. Fraternal despedida. Mirada de complicidad. Lo último que ve Ambrosius antes de salir de la sala de equipajes y entrar por fin a Israel es a dj Roman en su orondez eslava dando vuelta alrededor de una cinta transportadora, buscando inútilmente su maleta.

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